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Rasgos nacionales y la naturaleza de la innovación

Los chinos no inventan nada, los italianos son buenos haciendo zapatos, los franceses líderes en el campo ferroviario... ¿Por qué?

G. PASCAL ZACHARY (NYT) 5 MAY 2007 - 12:24 CET

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Si he ofendido a alguien, no pienso disculparme. Me limito a reciclar burdos estereotipos sobre atributos nacionales con el fin de entender mejor cómo funciona la innovación. En privado, mucha gente ?desde los círculos académicos a empresas de capital de riesgo? da por hecho que cualquier carrera tecnológica está influida por el origen nacional del tecnólogo. "Aunque los motivos pueden diferir mucho, el origen nacional está estrechamente relacionado con la capacidad innovadora de las gentes de un país", señala Joel Mokyr, historiador de la economía de la Northwestern University, en Illinois.

Y los franceses, trenes

Cuando hace poco un tren estableció un nuevo récord de velocidad, de 575 kilómetros por hora, el país de sus diseñadores o aquel dónde se realizó la prueba no era ningún secreto: Francia. "El Gobierno francés siempre ha sido muy bueno haciendo cosas en las que el apoyo de la Administración resulta básico", como los trenes, las centrales nucleares y los aviones, afirma Mokyr. "Pero los franceses no son demasiado buenos creando googles o microsofts, donde el sector privado es clave".

La empresa francesa de ingeniería Alstom es el líder de los trenes de alta velocidad en el mercado internacional. Pero la mayoría de la gente se vería en apuros si tuviese que nombrar una gran empresa francesa de tecnologías de la información. "El sector empresarial francés limita al individuo, mientras que apoya a los científicos e ingenieros que trabajan en grandes y rígidos sistemas que en realidad se benefician de decisiones tomadas desde arriba y de los cambios lentos", comenta Jean-Louis Gassée, ex directivo de Apple y socio de Allegis Capital, en California.

El concebir la innovación a través del prisma de la identidad nacional entraña sus riesgos. En los años setenta, mucha gente rechazaba a los japoneses por considerarlos meros imitadores, y no vio que el conocimiento adquirido mediante la imitación llevaría a tecnologías innovadoras. El éxito de Toyota, Sony y el vibrante sector de la animación japonés es una lección para quienes tachan a nacionalidades enteras de copionas.

El cambio es posible

Las naciones pueden cambiar y, de hecho, cambian. Hace medio siglo, Finlandia, la tierra de Nokia, el puntal de los teléfonos móviles, era un país agrícola. Lo mismo ocurría con Irlanda, que ahora alberga prósperos grupos de electrónica y farmacia. Aun así, distintas virtudes tecnológicas todavía están asociadas a diferentes países. Por tanto, las naciones que se propongan ser más innovadoras en otros terrenos deben hacer frente a sus virtudes y defectos. Y eso implica tomarse en serio los estereotipos sin dejarse encerrar por ellos.

Pongamos por caso a China, la economía de más rápido crecimiento. "Los tecnólogos chinos son muy sensibles a su fama de imitadores, y buscan áreas en las que puedan innovar", afirma Carlos Genardini, el consejero delegado estadounidense de Hong Kong Science and Technology Parks. "La producción de diseños ajenos es un hábito difícil romper", señala Genardini. A veces, el éxito es el enemigo. "Los chinos se ganan bien la vida fabricando productos ajenos. ¿Por qué cambiar?", dice. Un motivo es la presión política.

EE UU reclama a la Organización Mundial de Comercio que obligue a China a hacer más por reducir, si no eliminar, las copias de películas y otros productos estadounidenses en masa. En última instancia, el interés propio debería convencer a los chinos de que la creatividad prevalece sobre la copia. Ello se debe a que los beneficios y el liderazgo industrial a menudo recaen en las empresas y los países que idean nuevos sistemas tecnológicos.

Naturalmente, China fue la primera potencia tecnológica del mundo hace 500 años. Los rasgos nacionales son fluidos. Siempre moldeados por la experiencia impredecible, estos rasgos están sujetos al diseño y el rediseño. Del mismo modo que los tecnólogos inventan grandes productos, los países inventan, y reinventan, personas.

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