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Nacen las ‘Humanidades digitales’

La disciplina recrea extintas civilizaciones con interfaces virtuales

¿Qué tienen en común las pirámides de Giza en el antiguo Egipto con los manifestantes que usan Twitter en El Cairo actual? ¿Cómo influyeron los escritos de Tomás de Aquino en un campo que hoy en día usa los programas de captura del movimiento de películas como Avatar?

Las respuestas a estas preguntas se encuentran en una disciplina relativamente nueva conocida como humanidades digitales, en la que pueden recrearse civilizaciones que han desaparecido hace tiempo como interfaces virtuales, y en la que el testimonio personal de guerras, desastres y revoluciones se puede juntar en bases de datos interactivas.

“Hasta hace bastante poco, este campo solía llamarse ‘informática de humanidades”, señala Jeffrey Schnapp, cofundador de metaLAB en el Centro Berkman para Internet y la Sociedad de la Universidad de Harvard. Según Schnapp, el campo se originó en 1949, cuando un sacerdote jesuita convenció a Thomas Watson, fundador de IBM, de que financiara su trabajo de recopilación para crear un catálogo informatizado y con opción de búsqueda de los escritos de Aquino.

La investigación “se difundió”, durante décadas, indica Willard McCarty, catedrático del departamento de humanidades digitales del King’s College de Londres. “Luego, cuando se inventó Internet, a principios de los noventa, la gente empezó a poner todo tipo de material en la Red. Y de repente podías tener acceso a manuscritos e imágenes que solo podían ser vistos si recorrías toda Europa”.

Un archivo ya no es un montón de cosas; es un lugar donde podemos hacerlas

En el sótano del recinto del Museo Peabody de la Universidad de Harvard, Peter der Manuelian, catedrático de Egiptología, prácticamente hace volar a los estudiantes por encima de la línea de los árboles hasta la meseta de Giza como era en el año 2500 antes de Cristo, en la época del faraón Khufu. “Esta es una extensión del trabajo tradicional que hacíamos, en el que tratábamos de reunir toda la documentación más antigua de Giza, que es probablemente el yacimiento arqueológico más famoso del mundo”, explica.

“Teníamos antiguos negativos en placas de vidrio y notas de campo que databan de la primera expedición del Museo de Bellas Artes de Harvard en 1904”, indica. “Queríamos que este material se pudiera usar más, y consultamos a Dassault Systèmes, una empresa francesa de modelado gráfico en 3D”.

El resultado de esa colaboración es Giza 3D, un entorno virtual envolvente lanzado en mayo que deja que los visitantes escuchen los ritos funerarios de Khufu, se deslicen por las olas en el antiguo puerto de la ciudad o caigan dentro del pozo funerario de una pirámide que no ha sido visitado por los humanos desde hace más de 100 años.

Con aportaciones de expertos de Alemania, Estados Unidos, Italia, Austria y Egipto, el proyecto “es un portal completamente nuevo para realizar investigaciones”, asegura Der Manuelian.

Ciudad de Uruk, una colaboración entre la Universidad de Western Sydney en Australia y la Federación de Científicos Estadounidenses, difumina los límites entre las humanidades y las ciencias. Los científicos informáticos, usando la misma tecnología de captura del movimiento empleada en Avatar, trabajaron con historiadores para recrear una ciudad sumeria de 3000 antes de Cristo.

A primera vista, el Archivo de la Primera Guerra Mundial de la Universidad de Oxford parece menos llamativo: una colección de cerca de 6.500 artefactos relacionados con la Primera Guerra Mundial, que van desde las postales y las fotografías hasta una pierna de madera hecha para un soldado esloveno herido en el Frente del Este. Pero tanto la colección como su exposición habrían resultado imposibles sin Internet. Los ciudadanos fueron invitados a enviar contribuciones en 2008, cuando se puso en un archivo digital.

El Valle de las Sombras, un proyecto desarrollado por el Centro de Historia Digital de la Universidad de Virginia, también se centra en las experiencias de gente normal y corriente en época de guerra y en los diarios, las cartas, los discursos, los registros de las iglesias y los periódicos del condado de Augusta, Virginia, y del condado de Franklin, Pensilvania, durante la guerra civil americana.

“El trabajo que a un experto solía llevarle semanas, y para el que tenía que realizar viajes a tres bibliotecas diferentes, yo lo puedo hacer ahora desde mi ordenador portátil en cinco segundos”, dice Schnapp. Señala el archivo de Harvard de los desastres japoneses que reúne los registros del Gobierno sobre el terremoto, el tsunami y el accidente nuclear de 2011 con entradas en microblogs, vídeos de YouTube, blogs y testimonios de supervivientes.

Otro ejemplo es Hiperciudades Egipto, un proyecto desarrollado en la Universidad de California, Los Ángeles, que archiva y clasifica tuits de El Cairo. Permite leer lo que se está diciendo en tiempo real, y viajar hasta cualquier fecha desde el 30 de enero de 2011, pocos días después del inicio de las manifestaciones en la plaza Tahrir.

Según Schnapp, la explosión del cambio tecnológico ha transformado la naturaleza del aprendizaje —y de las universidades— de una forma que solo estamos empezando a entender. “Un archivo ya no es un montón de cosas; es un lugar donde podemos hacerlas”, asegura.

 

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