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La innovación llega a los 35

El Instituto Tecnológico de Massachussets premia el talento de los jóvenes españoles

Estructuras más livianas para el sector de la aeronáutica en un momento en el que el petróleo castiga a las aerolíneas y a la atmósfera. Nanopartículas que sirven para convertir residuos en plásticos o combustibles. Sistemas que combinan la robótica con la neurociencia para recuperar a personas con un ictus. O un sistema informático que permita democratizar los mejores laboratorios y los permita utilizar a colegios y universidades a través de la informática. Ideas hay miles, muchas más que proyectos innovadores que llegan a hacerse realidad. Y aun son menos si quienes los catalizan son personas por debajo de los 35 años.

Una de esas personas es Juan Moreno, del grupo de bioingeniería del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Investiga cómo recuperar la capacidad del cerebro de una persona que ha sufrido un ictus mediante la formación de nuevas conexiones neuronales. A sus 34 años ha desarrollado una “especie de armadura controlada que ayuda a controlar las piernas”, a la vez que monitoriza el sistema nervioso a través de electrodos colocados en la cabeza del paciente.

Ese sistema no invasivo pretende acelerar el trabajo de un fisioterapeuta y, así, la capacidad de caminar de las víctimas de accidentes cerebrovasculares. Diez personas lo prueban actualmente en España, con buenos resultados, pero Moreno quiere que las pruebas se extiendan también por hospitales europeos y estadounidenses para validar el invento e incluso comercializarlo. “Intentamos involucrar a cinco hospitales más”, apunta el investigador.

La investigación llevada a cabo le ha valido a Moreno convertirse en uno de los 10 premios TR35 Spain, el galardón desarrollado por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) para aflorar talento científico. Los premios nacieron hace una década con ese objetivo y sirvieron para colocar en el escaparate a Sergey Brin (Google) o a Mark Zuckerberg (Facebook). Ahora, con el apoyo de BBVA y la colaboración de PRISA y sus distintos medios de comunicación: EL PAÍS, Cinco Días, la cadena SER y Canal+, el TR35 celebra su segunda edición en España para proyectar la masa gris de los 10 investigadores más jóvenes.

También en el campo médico ha sido premiado Héctor Perea, que ha desarrollado un sistema que mejora la tolerancia del cuerpo humano a los implantes vasculares a través de un sistema que ayuda a recubrir los estents con una capa de células del propio paciente, gracias al uso de campos magnéticos y biomateriales.

Gracias a esas células se evita el contacto directo de la sangre con el material sintético de los implantes, lo que aumenta la biocompatibilidad y evita el rechazo del cuerpo humano. El invento, en fase de certificación europea, se ha puesto en marcha como proyecto de desarrollo clínico en un hospital alemán.

Pablo Orduña, de 28 años de edad, será otra de las personas que el 23 de noviembre recibirá el premio. Hace ocho años, cuando estudiaba tercero de Informática en la Universidad bilbaína de Deusto, se incorporó como becario a un proyecto que perseguía que “los estudiantes de colegios y universidades pudieran utilizar a distancia los laboratorios universitarios”.

La idea, a primera vista, no es más que llevar a la ciencia la teoría de las economías de escala.

El sistema puede elevar de forma exponencial la innovación al rentabilizar al máximo los laboratorios y suplir en parte la baja inversión en investigación y desarrollo (I+D) de España.

Una vez esté listo el sistema informático que lo permita, se podría crear una federación de centros asociados que compartiesen instalaciones, llegando incluso a “crear un mercado de laboratorios”, según explica Pablo Orduña.

Ocho años después de sumergirse en el proyecto, Orduña sigue inmerso en el proyecto, ahora desde DeustoTech, pero cree que se está aproximando al sistema informático definitivo que le ayude a ponerlo en marcha para que, por ejemplo, un alumno pueda entrar a través de su ordenador en un acuario real situado en una universidad situada a miles de kilómetros y alimente a los peces. Orduña cree que hasta 600 estudiantes pueden llegar a utilizar un laboratorio si se distribuye de forma equitativa la carga de trabajo.

También de cargas va el proyecto premiado de Ana Díez, investigadora del CSIC. Sin embargo, ella se ha centrado en encontrar materiales compuestos termoplásticos de gran resistencia y ligereza que permitan reducir el peso de los aviones —y otros productos— y, por tanto, reducir el coste del transporte y las emisiones contaminantes a la atmósfera.

Díez no es la única que investiga cómo aligerar estructuras, pero sí ha logrado cómo optimizar esas estructuras con nanotubos de carbono, resolviendo la alta versatilidad del material a la vez que se consiguen buenas propiedades eléctricas y mecánicas. La idea debe ser buena, porque una multinacional negocia la explotación de la patente internacional del sistema.

Entre los premios TR35 se encuentra la investigación llevada a cabo por Gerasimos Konstantatos en el Instituto de Ciencias Fotónicas, donde lidera el grupo de investigación en aparatos nanofotónicos.

Este joven investigador ha puesto en manos de la industria unos nanomateriales llamados puntos cuánticos que permiten crear fotodetectores de alto rendimiento y sensores de imagen a menor precio. Con su invento, las cámaras de visión infrarroja bajarían de los actuales 20.000 euros a unos cien. Konstantatos ha montado su propia empresa, InVisage, con la que piensa comercializar sus hallazgos.