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ANÁLISIS

¿Se pueden cuantificar los beneficios de la tecnología?

El PIB solo valora los productos y servicios por los que paga la gente y no las mejoras económicas que se ofrecen gratis

Cuando yo era un joven periodista, no teníamos teléfonos móviles. Una tarde guardé cola en una cabina en Ciudad de México para comunicar la noticia de la subasta para privatizar la compañía telefónica Telmex, volviendo locos a quienes esperaban detrás de mí mientras un redactor que se encontraba al otro lado de la línea la mecanografiaba en aquellas letras verdes brillantes de una era de la información remota.

Viajé a Japón con un ordenador portátil TRS-80 que funcionaba con pilas AA y tenía soportes para el auricular del teléfono. Transmitía textos a la trepidante velocidad de 300 bits por segundo. Y escribí sobre el efecto tequila que vivió México en 1994 sin la ventaja de las estadísticas económicas sobre el país que hoy están a solo unos clics de distancia.

Desde mi perspectiva, la evolución de las herramientas del periodismo entre entonces y ahora ha sido como poco impresionante.

Los artículos son más exhaustivos, pueden documentarse con datos y análisis complementarios y están enriquecidos con vínculos a gráficos interactivos, vídeos, pases de diapositivas... Llegan mucho más rápido a los lectores. Y, lo que es más importante, llegan a muchos más lectores.

Si lo medimos por su contribución al producto interior bruto, el indicador más destacado del bienestar económico de una nación, gran parte de este nuevo valor periodístico que permite la tecnología de la información no vale demasiado.

Esto no ocurre solo con el periodismo. Durante años los economistas creyeron que el valor de las tecnologías de la información no podía calcularse. En 1987, el premio Nobel Robert Solow planteó una paradoja ahora célebre: “Podemos ver los ordenadores en todas partes, excepto en las estadísticas de productividad”.

La idea ha vuelto. El estallido de productividad durante la revolución de las puntocom en los años noventa dio una tregua a los escépticos. Pero a medida que se ha ralentizado en los últimos años, han resurgido las dudas sobre si la tecnología de la información puede alimentar el crecimiento económico.

El año pasado, Robert J. Gordon, de la Northwestern University, en Evanston, Illinois, proponía que la revolución de las tecnologías de la información prácticamente ha agotado sus promesas, y preguntaba en tono provocador: “¿Ha terminado el crecimiento de EE UU?”. Asimismo, pronosticaba un estancamiento del nivel de vida en las próximas décadas.

Las estadísticas de Washington respaldan su escepticismo: el valor añadido por los sectores de la tecnología de la información y las comunicaciones —sobre todo, el hardware y el software— ha rondado el 4% de la producción económica de la nación durante el último cuarto de siglo.

Pero esas estadísticas pasan por alto gran parte de lo que la tecnología y los dispositivos digitales que ahora utiliza la gente hacen por su bienestar. Las organizaciones de prensa que aprovechan los ordenadores para prescindir de periodistas, secretarios y ayudantes de investigación aparecerán en las estadísticas económicas como empresas más productivas que hacen más con menos. Pero los estadísticos no tienen manera de valorar unos artículos más exhaustivos, útiles y rebosantes de datos.

El producto interior bruto solo valora los productos y servicios por los que paga la gente. No contempla el valor de las mejoras económicas que se ofrecen gratuitamente a los consumidores.

El Departamento de Comercio de Estados Unidos está revisando la manera de medir el PIB para tener más en cuenta las contribuciones de la inversión en investigación y desarrollo y creación artística. Pero, aunque se espera que las revisiones hagan que la economía de EE UU parezca más grande, no están concebidas para reflejar el valor que obtienen los ciudadanos de las tecnologías digitales.

El PIB no tiene en cuenta lo que consiguen los usuarios compartiendo información en Facebook o buscándola en Google o Wikipedia, ni tampoco el tiempo que se ahorran los conductores que utilizan Google Maps y el que ganan los consumidores comprando en Internet. “Casi todas las personas de la Tierra pueden acceder a todo el conocimiento humano”, recuerda Hal Varian, economista jefe de Google. Pero eso es prácticamente ignorado por nuestras mediciones del progreso.

Varian calcula que un motor de búsqueda puede valer unos 500 dólares anuales para el trabajador estadounidense medio. En toda la población activa, esto sumaría hasta 65.000 millones de dólares al año.

En 2012, Erik Brynjolfsson, del Massachusetts Institute of Technology, concluyó que el excedente del consumidor derivado de los servicios gratuitos de Internet —el valor que obtienen los consumidores estadounidenses por encima de lo que han pagado por él— ha aumentado en 34.000 millones de dólares desde 2002. Si se estipulara como “producción económica”, sumaría alrededor del 0,26 de un punto porcentual al crecimiento anual del PIB.

Puede que los tecnoescépticos se mofen. Internet no es ni mucho menos la primera tecnología que ofrece productos gratuitos a los consumidores. El excedente del consumidor derivado de la televisión es más o menos cinco veces superior al que ofrecen los productos gratuitos en la Red, según los cálculos de Brynjolfsson.

La cantidad de tiempo que dedican los estadounidenses a Internet se ha duplicado en los últimos cinco años. La información codificada en bits se convertirá en un porcentaje cada vez más grande de nuestra producción. Gran parte de su valor se ofrecerá a un coste mínimo casi nulo.

Si realmente queremos comprender el impacto de la tecnología de la información en nuestro bienestar futuro, primero debemos encontrar una manera coherente de medirla económicamente.

© 2013 New York Times News Service