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3D Systems, imprimir el mundo

El estudio creativo de la firma busca nuevos usos y crear objetos ya ensamblados

Objetos fabricados en la sede de 3D Systems. / ANTONIO NIETO / ROSA J.C.

A primera vista parece un garaje más en el centro de San Francisco. Una pared blanca sin ningún signo, el portón para el coche y una especie de almacén. No hay un solo signo que distinga este almacén del resto de la estrecha calle Tehama, que une la quinta con la sexta avenida. Imposible adivinar que es la sede del primer fabricante mundial de impresoras 3D.

Al pasar la puerta se descubre que no hay vehículo alguno, pero sí montones de objetos. No dejen de crecer. En este estudio, se multiplican; mejor dicho, se imprimen. La primera sorpresa se encuentra al mirar al lado izquierdo. Donde tendría que estar el coche aparcado hay una especie de fotomatón con múltiples objetivos. El prototipo, hecho de cartón, tiene nada menos que 12 cámaras. Con un disparo toma diferentes puntos de vista del sujeto.

Ash Martin, responsable de la división de consumo de 3D Systems, una de las pioneras junto a MakerBot en la creación de impresoras de objetos, muestra en su tableta una imagen en relieve del busto. Si se desea, desde la aplicación se puede pasar a una impresora y tener una reproducción personal. “Es como una fotografía”, expone con una sonrisa de vendedor de coches usados, “pero en escultura”. El invento se llama Cubify, ya se comercializa. Lo colocan en centros comerciales y tiendas de fotografía que exploran nuevos servicios para adaptarse a los tiempos. “Les interesa a las familias, novios o gente que quiere hacer un regalo diferente a un amigo”, explica.

En las estanterías de la segunda planta tienen una figura con cada uno de los trabajadores convertidos en personajes de Star Trek. Tiene su lógica, todo es futurista e imaginativo. Mientras muestran los departamentos, una pequeña impresora junto a la ventana suelta un filamento. En poco más de 10 minutos ha terminado un zueco con alza. No es la última moda, pero como ejemplo, sirve. También hacen anillos, brazaletes, broches…

Un zueco hecho en el estudio.

Sus principales clientes, por ahora, son arquitectos y diseñadores. No se conforman. Su intención es ir mucho más allá. “Dentro de nuestro plan ideal está que haya una impresora 3D en cada hogar”. Su arma para conseguirlo se llama Cube, el modelo más asequible, cuyo precio comienza en 1.000 euros. Cada cartucho cuesta alrededor de 40 euros (50 dólares) y da para realizar una veintena de figuras de cinco centímetros de altura.

Las versiones pueden superar los 100.000 euros. La previsión es que el precio de este tipo de aparatos sea inferior a 500 dólares en pocos años. El perfil de consumidor es, todavía, el early adopter, como se denomina a los entusiastas de la tecnología decididos a pagar un sobreprecio a cambio de ser pioneros.

En todo caso, estos modelos de alta gama se usan en investigación para probar prototipos. Los más caros los compran dentistas para hacer reproducciones de piezas dentales o prótesis temporales. Una de los usos que más invita a fantasear pasa por jubilar las molestas y poco higiénicas escayolas para corregir fracturas.

La diferencia con respecto a los competidores, al margen de la lucha por el precio, reside en la posibilidad de imprimir desde la nube. “El consumidor se olvida de comprar cartuchos o de tener una impresora en casa”, explica el directivo. "Le basta con entrar en la web y escoger del catálogo lo que necesite o desee. Parece magia: hacer un objeto, imprimirlo a 35.000 kilómetros de distancia y recibirlo en casa”.

3D Systems, con medio centenar de trabajadores, y una fábrica propia, ha adoptado como misión principal popularizar el consumo de objetos impresos. Cuentan con aplicaciones sencillas que permiten jugar con las formas, tirar de un lateral hasta deformar una taza, añadir una muesca o ponerle dos asas. Las más sofisticadas son de pago. Entre 39 y 129 dólares. “Siempre fáciles de usar, pero más potentes que las gratuitas”, aclara. En su web se pueden contemplar lámparas, copas o gafas. También piezas para arreglar objetos cotidianos.

El valor más interesante reside en la comunidad, que comparte patrones y consejos. “Antes el diseño estaba cerrado a unos pocos. Igual que con el Photoshop se popularizó el retoque fotográfico, queremos llegar al mercado de los diseñadores".

El verdadero alarde, lo que les diferencia de los competidores, es su capacidad para reproducir piezas que ya salen ensambladas de la impresora. Como el caso de un cinturón, con eslabones y hebilla, que salen unidos a medida que se crean. “Si puedes diseñarlo, puedes imprimirlo”, concluye, “el límite es la imaginación".

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Corresponsal de EL PAÍS en Silicon Valley

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