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¿Puede una máquina ser inteligente?

Ya hay dispositivos que nos superan en muchos ámbitos. Queda por ver cuándo nos sobrepasarán en talento

Concurso de dos campeones del programa televisivo Jeopardy contra el superordenador de IBM, Watson, en 2011. AP

Los avances de la inteligencia artificial son tan brillantes que resulta inevitable extrapolarlos al futuro. A un día en que busquemos en Google con solo pensarlo, o llevemos incorporada la Wikipedia en un chip de acceso instantáneo para nuestra memoria perezosa; en que nuestra propia inteligencia de carne y nervio se vea multiplicada por mil gracias a una red neuronal adosada al lóbulo frontal; un día, al fin, en que todos los conocimientos, emociones y vivencias del individuo se puedan descargar en la nube y hayamos inventado así el alma inmortal. Y en que las máquinas nos sobrepasen en talento, nos manden a criar malvas y conquisten la galaxia, esperemos que en ese orden.

Lo difícil no es imaginar todo eso, sino regresar al planeta Tierra y ver qué es la inteligencia artificial, dónde está ahora mismo, qué se puede esperar de ella en el futuro inminente, y cuáles son sus riesgos reales en este presente continuo en que nos ha tocado vivir. Este es un asunto menos estrepitoso en la forma, pero más interesante en el fondo.

Marvin Minsky dice que el concepto de inteligencia artificial es como el de “zonas inexploradas de África”, que cuando lo alcanzas desaparece de la definición

¿Puede una máquina ser inteligente? ¿Cuándo sabremos si lo es? Uno de los padres de la inteligencia artificial (AI en adelante), el matemático y científico de la computación Marvin Minsky, dice que el concepto de inteligencia artificial es como el de “zonas inexploradas de África”, que cuando lo alcanzas desaparece de la definición. La inteligencia, según la ironía de Minsky, es cualquier proceso de resolución de problemas que todavía no entendamos. Además de mala uva, esta ley de Minsky tiene mucha razón.

El ejemplo perfecto es Deep Blue, el supercomputador que, redondeando un poco, le pegó un repaso a Gary Kaspárov en los años noventa. Hasta un día antes de la partida fatídica, cualquiera habría considerado que ganar al campeón del mundo de ajedrez sería una prueba de inteligencia. Pero desde entonces todo se torció: Deep Blue había hecho trampa al no usar la estrategia humana de intuir la forma de la partida a varias jugadas vista, había ganado a base de poderío computacional bruto y sin la menor consideración, era mucho más grande que el cerebro de Kaspárov, en fin, la ley de Minsky hecha carne: el ajedrez ya no era inteligencia.

Pocos han oído, sin embargo, hablar de Watson, el supercerebro post-Deep Blue que IBM presentó hace cuatro años. Watson resuelve un tipo de problemas mucho más complicados (matemática e intuitivamente) que el ajedrez: es capaz de entender las preguntas de los crucigramas, como por ejemplo: “La primera persona mencionada por su nombre en El hombre de la máscara de hierro es este héroe de un libro anterior del mismo autor”. ¿Es eso inteligencia humana? Seguro que no, aunque solo sea por la ley de Minsky.

Otro de los padres de la AI –tal vez el padre de la AI—, Alan Turing, imaginó el más famoso test que debería pasar una máquina para que la consideráramos inteligente: el test de Turing. En términos modernos, consistiría en esto: una máquina deberá considerarse inteligente cuando, por correo electrónico, pueda hacerse pasar por un humano al chatear con un humano de verdad. Pero casi nadie cree ya en el test de Turing: ni en que aprobarlo demuestre inteligencia, ni en que suspenderlo demuestre la falta de ella. Para engañar a un humano, después de todo, no hace falta ser Sherlock Holmes (ni Watson).

En inteligencia artificial ya existe un algoritmo que aprende a reconocer la escritura en 50 alfabetos

El asunto de mayor interés filosófico, sin embargo, no es si es posible construir desde cero una mente humana —eso ya sabemos hacerlo, sin ecuaciones y en solo nueve meses—, sino si es posible superarla. Ese es el futuro transhumano o posthumano del que nos hablan los oráculos. Y en este sentido, y como siempre, solo cabe recordar que el futuro ya está aquí. La capacidad y rapidez de cálculo de las máquinas supera a la humana desde hace décadas. Los experimentos y deducciones que, hasta hace no mucho, habrían servido a un buen estudiante de bioquímica para conseguir su doctorado, son ya rutinarios para los robots de los laboratorios. El último prodigio de la inteligencia artificial es un algoritmo que aprende a reconocer la escritura en 50 alfabetos, generando conceptos nuevos que hasta ahora estaban reservados al Homo sapiens. Las máquinas ya nos superan en muchos ámbitos.

La mayor candidez del posthumanismo no es científica, sino política. ¿Saben quién cuenta con la tecnología punta de la inteligencia artificial ahora mismo? Pista: no es una institución civil.

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