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Un mundo sin GPS

Los sistemas de geolocalización se estrenaron hace 25 años con fines militares en la guerra del Golfo. Hoy nos tienen rodeados

Todos hemos sentido escalofríos alguna vez al pensar lo que ocurriría si se apagara Internet, justo ahora que nadie tiene ya un mapa del metro a mano ni un tomo de las páginas amarillas en casa, cuando hacer un trámite en persona no solo resulta trasnochado, sino a menudo impracticable, cuando el amor y las finanzas, las ciencias y las letras ya casi solo existen en la Red. Pronto nos pasará lo mismo con el GPS. Si mañana un cataclismo espacial o una visita de Darth Vader destruyera el enjambre de satélites de posicionamiento global que nos orbita a 20.000 kilómetros de la Tierra, ya casi no sabríamos ni volver a casa.

En cierto sentido­ —esto es, en el mal sentido—, el GPS nos tiene rodeados, localizados y supervisados las 24 horas del día. Tu teléfono sabe si estás en el barrio de Justicia de Madrid o en un pueblo de Cáceres, y si no precisa la calle y el portal es solo por falsa modestia. Las compañías telefónicas disponen de tal tsunami de datos sobre los desplazamientos diarios de la gente que físicos de la complejidad como Albert Laszlo Barabasi los han podido utilizar para descubrir principios generales del comportamiento humano. Sin nombres ni apellidos, pero con la posición definida con la exactitud de un reloj atómico.

Pocos taxis quedarán sin GPS ­—aunque yo cogí uno hace poco, fue horrible—, como también pocos autobuses, que informan de su posición en ruta para que los pasajeros que aguantan la lluvia racheada en la parada sepan exactamente la que les espera. Ya hay granjas experimentales en Europa que ponen GPS en los tractores para mejorar la gestión de los cultivos, y tal vez pronto para automatizar su cosecha, como un primer paso hacia el roboticultor. La base de datos bibliográfica de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos recogen docenas de investigaciones en el último año sobre el uso del GPS en los deportes. Y hasta los chicos del departamento financiero se han enganchado al sistema para registrar las operaciones con precisión espacio-temporal.

Sí, un mundo sin GPS empieza a dar también escalofríos.

Por todo ello, cuesta trabajo recordar que el sistema de posicionamiento global (global positioning system, GPS) se usó por primera vez hace solo 25 años. Con un fin militar, por supuesto: la Operación Tormenta del Desierto, como bautizó el Pentágono a la primera guerra del Golfo (1990-1991). Fue esencial allí para que las tropas terrestres de la coalición pudieran orientarse por el desierto, un terreno con un perfil geográfico tan monótono que había sido hasta entonces la pesadilla de cualquier estratega. Por entonces el sistema era peor que el que llevamos hoy en el coche: solo contaba con 16 de los 24 satélites necesarios en órbita, y por tanto solo cubría 19 horas al día, en lugar de las 24 actuales.

Se dice a menudo que la tecnología va por delante de la legislación. Como se ve, los militares van incluso por delante de la tecnología. Muchas veces tiran de ella, y este es un caso claro. Los tres inventores del GPS tuvieron una relación muy estrecha con el Ejército de Estados Unidos. Roger Easton, que murió hace dos años, ya era un físico del Laboratorio de Investigación Naval desde los años cincuenta; Ivan Getting, fallecido en 2003, ya era un ingeniero militar durante la II Guerra Mundial, cuando contribuyó a parar algunas de las bombas V-1 que los alemanes dirigieron contra Londres, y el ingeniero Bradford Parkinson sigue siendo un coronel retirado de las fuerzas aéreas.

Dos tercios de la munición que se usa contra el ISIS dependen de un modo u otro de esta tecnología

Aún hoy, y pese a su universalización en la vida civil, el GPS sigue teniendo un uso militar esencial, y más avanzado que el civil. Según los datos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, dos tercios de las municiones que se usan hoy contra el Estado Islámico (ISIS, en inglés) dependen de un modo u otro de sistemas de dirección por GPS.

En sentido estricto, las siglas GPS se refieren solo al sistema norteamericano de 24 satélites, que fue el primero, y también el primero en facilitar una versión civil pública a todo el planeta, lo que ocurrió bajo la Administración de Bill Clinton, a mediados de los años noventa. Rusia mantiene también su propia constelación (Glonass, por global navigation satellite system). La Unión Europea tiene desde 2007 su propio proyecto, llamado apropiadamente Galileo, y que estará en operación completa dentro de cuatro años, presupuesto mediante. Y China, que desde hace tiempo es una potencia espacial, lanzó sus dos primeros satélites de posicionamiento en 2000, y también prevé tener en órbita la red completa para 2020. Se llamará BeiDou-2.

Los detalles técnicos no parecen encajar en un suplemento llamado Ideas, pero hay algo de ciencia muy profunda en el GPS que sí lo merece. El sistema determina tu posición midiendo la distancia que te separa de tres, cuatro o más satélites. Pero calcula la distancia midiendo el tiempo que la señal tarda en viajar de tu coche a cada satélite, que es solo de una fracción de segundo. Esto implica dos cosas. Primera, que los satélites necesitan llevar incorporados los relojes más precisos que existen hoy, basados en las oscilaciones de los átomos de cesio. Son relojes avalados por la física cuántica, con un montón de conocimiento detrás.

Uno de los primeros GPS.

La segunda es nada menos que la relatividad de Einstein, el fundamento de la cosmología moderna. Los satélites se mueven ahí arriba a 14.000 kilómetros por hora, lo bastante deprisa para que el tiempo transcurra más despacio allí que aquí, según la relatividad especial que Einstein formuló en 1905. Pero, además, como los satélites están a 20.000 kilómetros de altura, la gravedad allí es menor que aquí, y eso hace que el tiempo transcurra allí más deprisa que aquí, según la relatividad general que Einstein formuló 10 años después. Combinando un efecto con el otro, se puede calcular que los relojes atómicos de los satélites tienen un desfase de 38 microsegundos al día con los nuestros. Es lo bastante para causar un error de 11 kilómetros en el cálculo de la posición y, en consecuencia, arruinar por completo el sistema entero.

En ese sentido, el GPS funciona gracias a Einstein. Al menos él era civil.

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