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¿Bienvenido, Mr Airbnb?

La ‘startup’ ha cambiado los centros y el ecosistema urbano de las principales ciudades, pero puede morir de éxito

Airbnb
Brian Chesky, confundador y consejero delegado de Airbnb. AP

Airbnb ha revolucionado nuestra forma de viajar. Poniendo en contacto a través de Internet ofertas y demandas de alojamiento entre particulares ha creado una nueva manera de hacer turismo. Pero el éxito de este fenómeno global está causando serios problemas en los centros históricos que amenazan con desfigurar la esencia de su propuesta. Cada vez más ciudades se están poniendo en pie de guerra.

La startup montada por dos emprendedores hace siete años pone a día de hoy en contacto a más de dos millones de personas de todo el mundo que ofrecen sus casas a otros cuantos millones, todas ellas encantadas de haber descubierto que para conocer mundo es mucho mejor —y más barato— meterse en casa de cualquier hijo de vecino que ir a un hotel. La idea es que así se conoce mejor una ciudad que desde un hotel, pues nuestro anfitrión nos ofrecerá su hospitalidad y por lo tanto una experiencia personalizada, más humana. Como nos cuenta Mario, de Madrid, que tuvo que cerrar su empresa de diseño y producción editorial durante la crisis, “cuando se fue mi inquilino, hace un par de años, se me ocurrió ofrecer mi buhardilla de Lavapiés en Airbnb, y me ha funcionado de maravilla”. “Les dejo una botellita de vino, les recomiendo los sitios.Tengo muy buenas críticas. Viene gente del mundo entero”. Este es el espíritu de Airbnb. Su eslogan: “Nuestra casa es tu casa”.

Como bien se encarga de destacar siempre que puede la propia compañía, el sistema, aparte de ser una buena ayuda para superar la crisis de una clase media diezmada, aumenta la capacidad de alojamiento de las ciudades, lo cual favorece el crecimiento del número de visitantes y, por lo tanto, de la actividad económica. Y lo que es más importante, lo hace sin tener que recurrir a construir más equipamientos hoteleros. Esto puede ser especialmente útil en caso de acontecimientos puntuales, como por ejemplo unos Juegos Olímpicos. Para los próximos de Río de Janeiro ya se están coordinando Airbnb y los organizadores para ofrecer alojamiento adicionales. El problema es que la fórmula ha tenido tanto éxito y tan rápidamente que ha venido a saturar aún más de turistas las principales ciudades del mundo.

Y, lo que es peor, poco a poco ha empezado a convertirse en una industria. Aquí es donde puede estar el verdadero talón de Aquiles de esta revolución. Gracias a los datos ofrecidos por la web InsideAirbnb, una plataforma independiente que recopila e interpreta los datos públicos de la startup con el objetivo de analizar cómo afecta este fenómeno a la vida de los barrios, sabemos, por ejemplo, que más de la mitad de las alojamientos ofrecidos por la plataforma en Madrid y Barcelona pertenece a personas que tienen muchas casas para compartir. O sea, que son negocios, es decir hoteles encubiertos. Como cuenta Germán, un vecino del barrio de Palacio, en el centro de Madrid: “En mi rellano han puesto un piso en el que hay un trasiego continuo. El otro día me encontré con el que parecía el encargado y cuando le llamé la atención me dijo que tenía 11 pisos que ofrecía como alquiler temporal y que no tenía ningún problema. Él llega, les abre, se larga, y aquí nos las arreglamos con los tinglados que montan. Un desastre”.

Y esto es un problema por dos motivos fundamentales. El primero de ellos es que se viola uno de los conceptos básicos de la ordenación urbanística, que es el de la regulación de los usos. No se puede poner un hotel en un edificio de viviendas, igual que no se puede poner una industria química en un parque natural o una zapatería en una sexta planta. En Madrid, por ejemplo, para abrir cualquier establecimiento hotelero la normativa exige acceso directo a la calle.

Al subir la rentabilidad de los inmuebles aumenta su precio de venta. El caso de la Barceloneta es llamativo

El segundo es el efecto que tiene en el mercado inmobiliario la implantación de este negocio. Al aumentar la oferta de viviendas turísticas baja la de alquileres residenciales. Al subir la rentabilidad de los inmuebles aumenta su precio de venta. El caso de la Barceloneta, en Barcelona, es quizás de los más llamativos. El antaño humilde barrio de pescadores es hoy el distrito con el precio de alquiler por metro cuadrado más elevado de la ciudad. Los alquileres de viviendas turísticas se han convertido allí en un conflicto social, pues han intensificado la saturación de turistas que vive con angustia la ciudad. En el barrio de Lavapiés de Madrid está ocurriendo prácticamente lo mismo. Los pisos vuelan, los precios suben. El mercado inmobiliario se estresa, cuando en el resto de los distritos la situación es tranquila. Pequeños o medianos inversores se convierten en propietarios y van sustituyendo a los residentes. ¿Les suena la palabra especulación?

La profesionalización de lo que en un principio debería ser amateur es lo que está produciendo que se hayan puesto en pie de guerra no solamente los empresarios hoteleros, como había ocurrido hasta ahora, sino también los ayuntamientos y las asociaciones de vecinos. Las limitaciones que se están imponiendo van en dos direcciones. Por un lado, exigir que estos alojamientos sean vivienda habitual de los titulares de la oferta y, por otro, establecer un mínimo de días por estancia y un número máximo de días al año de disponibilidad. En París, Airbnb ha empezado este mismo mes de abril a advertir a sus clientes de que se arriesgan a sufrir importantes sanciones si no cumplen con las leyes. En Nueva York, el pasado mes de noviembre han desaparecido del portal hasta mil ofertas ilegales. En Ámsterdam van a bajar de 60 a 30 el número máximo de días al año de disponibilidad, porque la ciudad no puede ya más de visitantes. En Los Ángeles se está debatiendo prohibir ofertas de alojamientos temporales en viviendas que no sean primeras residencias. En San Francisco hubo un referéndum para votar la Medida F, que hubiera limitado la disponibilidad de este tipo de ofertas a 75 días al año, condicionándolas a que el casero estuviera en la casa. Airbnb invirtió ocho millones de dólares en convencer a los sanfranciscanos para que votaron en contra, lo que al final hizo un ajustado 55%.

La industrialización de la oferta de este tipo de alojamientos dispersados por el tejido urbano residencial afecta directamente al uso más esencial del ecosistema urbano, el residencial, lo cual está teniendo efectos secundarios muy peligrosos que las ciudades tienen que regular. Airbnb ya se ha puesto manos a la obra, y en sus últimas comunicaciones ya anuncia estrategias para potenciar el factor humano. Los chicos de Palo Alto parecen haberse dado cuenta de que si no son coherentes con su idea original pueden acabar por destruir precisamente lo más atractivo que ofrece a sus clientes, el hábitat en el que se desarrolla la vida real de las centros históricos.

Jacobo Armero es arquitecto y agente inmobiliario.

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