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Cerco al capitalismo de robots

La propuesta de Bill Gates de gravar con una tasa a los dueños de robots por los empleos que destruyan alimenta el debate global

Robotización del trabajo
Robot camarero en un restaurante de Kunshan (China), en mayo de 2016, donde trabajan en total 10 androides. (Getty)

Benoît Hamon no está solo. La propuesta del socialista francés de gravar los robots con un impuesto que compense los puestos de trabajo que destruyan las máquinas inteligentes se debate en las últimas semanas con intensidad. Y la culpa del renovado alboroto la tiene en parte Bill Gates. El fundador de Microsoft se ha subido al carro de la robotasa, que hasta ahora parecía territorio exclusivo de socialistas y sindicalistas. Dice Gates que le preocupa la acumulación de riqueza que se prevé vendrá de la mano de la revolución robótica. Su intervención puede que sea más o menos acertada, pero lo interesante es que ha abierto la veda a explorar el universo fiscal que se avecina.

Es cierto que hace ya tiempo que las predicciones hablan de un avance más o menos imparable de robots. De que conquistarán fábricas y oficinas desplazando a su paso a humanos con derecho a vacaciones, bajas por enfermedad y huelgas. El World Economic Forum, por ejemplo, cifra en cinco millones la pérdida de empleos en 15 países para 2020. También es cierto que, a su vez, deberán crearse cientos de miles de puestos de trabajo (850.000 en la UE, según la Eurocámara) para acompañar la revolución digital. Aun así, no hay duda de que el impacto será tremendo.

Las predicciones agoreras no son nuevas. La novedad radica en el encaje económico que tendrán estos trabajadores mecanizados en un ecosistema laboral antropocéntrico. Y sobre todo qué efecto tendrá en la distribución de la riqueza. Y, en concreto, si, como defienden algunos, los propietarios de los robots deben pagar una tasa que sirva para poner en pie una renta básica a la finlandesa.

Gates lo ha defendido así: “Ahora mismo, el trabajador humano que cobra 50.000 dólares en una fábrica paga un impuesto por su rendimiento del trabajo, paga a la Seguridad Social y todas esas cosas. Si un robot viene y hace lo mismo, cabría pensar que gravaríamos igual al robot”. El multimillonario de la informática parte de la premisa de que la robotización nos va a hacer más ricos porque va a permitir que la productividad se dispare. Asume, aurdemás, que los desmesados ingresos no se distribuirán de forma equitativa y por lo tanto serán los Gobiernos los que estarán obligados a echar mano de la fiscalidad para redistribuir, aunque sea solo en parte, los frutos del progreso tecnológico. Los dueños de las máquinas, piensa, serán cada vez más ricos y los trabajadores a su vez más pobres, según explicó a Quartz.

Si el empresariado paga impuestos por sus empleados humanos, debería hacerlo por las máquinas, sostiene el fundador de Microsoft

La tesis de Gates cuenta con algunos adeptos y con una legión de detractores. Sorprendentemente, el diario británico Financial Times es uno de los que le han dado parcialmente la razón en un editorial. Por un lado, el periódico argumenta que no hay más fundamento para tasar a un robot que a una hoja Excel, una tostadora o cualquier otro aparato que facilite la vida a los humanos. Pero, por otro, sí considera fundada la preocupación de Gates en torno a la velocidad con la que la automatización puede destruir empleos y sobre cómo se va a distribuir el maná de una productividad alimentada por incansables robots.

Los detractores de esta tasa argumentan que penalizar fiscalmente la robotización equivaldría a desincentivar la innovación y, por tanto, el progreso. Gates cuenta con que una tasa podría ralentizar el salto tecnológico, pero piensa que podría ser positivo incluso si eso permite ganar tiempo a los mercados laborales para adaptarse a los nuevos tiempos.

Yanis Varoufakis, el heterodoxo exministro de finanzas griego, cree que el magnate y filántropo se equivoca porque, entre otras cuestiones, piensa que resultaría muy difícil calcular la robotasa y se pregunta si debería estar sujeta, por ejemplo, a los vaivenes salariales. “¿Por qué hacer la vida en el capitalismo más complicada de lo que ya es? Hay una alternativa a la tasa de robots fácil de implementar y de justificar: una renta básica financiada con los dividendos del capital”, termina Varoufakis en un artículo publicado recientemente en varios medios internacionales.

Una renta básica es precisamente una de las cuestiones que invitaba a explorar el informe del Parlamento Europeo que redactó la socialista luxemburguesa Mady Delvaux y que fue sometido a votación en Estrasburgo el mes pasado. El informe es muy interesante y plantea dilemas jurídicos acuciantes como quién tiene la responsabilidad última de los daños causados por un robot en caso de accidente o sobre la protección de los datos que acumulan las máquinas.

Dos párrafos se eliminaron en el texto final: uno en el que se recomendaba “estudiar la posibilidad de someter al pago de impuestos el trabajo ejecutado por robots o exigir un gravamen por el uso y mantenimiento de cada robot, a fin de mantener la cohesión social y la prosperidad”; el segundo párrafo retirado animaba a analizar “una posible introducción de una renta básica mínima”.

El eurodiputado socialista Sergio Gutiérrez Prieto explicaba en los pasillos de Estrasburgo por qué la Eurocámara se ha sumado al debate de la robotasa: “Necesitamos reglas claras para establecer relaciones laborales y modelos de transición que compensen a los trabajadores que pierden sus puestos con la reconversión digital, especialmente los menos cualificados”. “La nueva fiscalidad tiene que mirar al mundo digital y adaptarse a la nueva realidad socioeconómica”, defendía.

Lawrence Summers, secretario del Tesoro con Bill Clinton, antiguo asesor de Barack Obama, catedrático y presidente emérito de Harvard, se ha sumado al coro de escépticos. “¿Por qué crear un impuesto que reduzca el tamaño del pastel en lugar de asegurarnos de que el gran pastel se distribuye de forma equitativa?”, se pregunta. Summers ha defendido recientemente en The Washington Post recetas alternativas como reformas educativas y de formación profesional, subsidios a grupos con problemas específicos de desempleo o inversiones en infraestructuras.

The Economist ha repasado también en las últimas semanas fórmulas alternativas a la fiscalidad robótica, entre ellas la lucha contra los paraísos fiscales, un impuesto sobre la tierra y uno progresivo sobre la riqueza. La regulación e incluso la partición de los monopolios digitales es otra de las medidas que el rotativo considera deseables para evitar el incremento de la desigualdad en ciernes.

Pero si en algo coinciden detractores y defensores de la robotasa es en que los Gobiernos deben actuar, en que el laissez faire ya no parece una opción ante el boom de productividad y rentabilidad que augura la robotización. El debate se ha vuelto además especialmente relevante en un momento en el que la clase política se ha dado cuenta de que los daños colaterales y sociales de los cambios tecnológicos e industriales acaban pasando factura política y engordando las urnas populistas.

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